Las asaures del muerto

"Un día mando el padre a su hija Maria, de recados al pueblo, y le pidió que, entre otras cosas, llevara también unas asaduras para cenar por la noche. La hija bajo al pueblo, hizo sus compras y, cuando iba de vuelta a casa, empezó a mordisquear las asaduras, ya que le gustaban en sobremanera y por un poco que faltara no iba a pasar nada. El caso es que mordisqueando y mordisqueando se las comió todas y eso ya no tenía remedio. Maria que era muy espabilada, pero conocía bien el malhumor y la mano suelta de su padre, se puso nerviosa a cavilar como podía hacer para no llegar sin las asaduras a casa, hasta que se le ocurrió acercarse al cementerio y abrir una de las ultimas tumbas que se habian abierto y cerrado. Saco de aquel cadáver las asaduras que necesitaba. Volvió a casa tan tranquila y aquella noche puso su padre cenar las asaduras aquellas que tanto le gustaban a el también, sin notar nada raro en ellas.

Después de cenar y limpiar los platos, fueron los dos a dormir a sus habitaciones, pero cuando ya estaba casi dormidos, oyeron unos golpes en la puerta y una voz que decía:

- Maria , revuélveme la asaura que sacaste de mi sepultura. A la puerta de tu casa estoy.

Con mas miedo que otra cosa, le grito Maria a su padre, en su habitación que no entendía nada: Ay, papa, mira a ver, enciende una vela. Pero nada había que ver y ahora los golpes sonaban mas fuertes y como mas cerca y con mayor claridad y la voz tenebrosa ahora decía:

María, devuélveme la asaura que robaste de mi sepultura. En la escalera estoy.

Volvieron a encender una vela y nuevamente nada pudieron ver, aunque los golpes volvían a acercarse más y más, y la voz, tan cercana que parecía estar ahí mismo, seguí diciendo:

María, devuélveme la asaura que robaste de mi sepultura. En la puerta de tu cuarto estoy.

Presa del terror, María volvió a chillar: Ay, papa, que miedo, enciende una vela. El padre, armándose de valor, encendió una vela y se acerco al cuarto de su hija. Y ciertamente nada vio, ni a su hija siquiera, que ya allí no estaba y que nunca volvió a estar."

Leyenda extraida del libro de M. Arrieta Gallastegui: Historias y leyendas de Asturias.

 

La mano fría

"Según cuentan (...) vivía hace un tiempo y en una casa pequeña, sin muchos miramientos, un albañil tranquilo que gustaba de hablar por los codos, pero que era muy apreciado por los vecinos, porque, entre tanto hablar, a veces , contaba cuentos y no estaban mal, y tenían hasta su gracia y, en todo caso, garantizaba la atención de niños y mayores cuando se reunían en casa en torno al fuego. El sitio donde vivía, un tanto alejado del pueblo y rodeado de árboles, daba un ambiente especial a las polavilas ( reuniones que se celebraban en torno al llar de la casa para contarse cuentos en la largas noches de inviernos) que se hacían en su casa: los pájaros, el ruido del viento y esa particular oscuridad que se siente cuando se acaba de acabar la ultima luz, ayudaban a sobrecogerse un tanto antes de empezarlas.

Un día de los suyos, y que cambiaría su forma de ver y sentir las cosas de este mundo, estaba cenando con toda tranquilidad el albañil, un candil por alguna parte, el viejo tronco en ascuas en el que se había calentado la cena, por otra, como toda luz. Estaba solo y no encontraba en la cena mas consuelo que el que puede encontrar un cabo en regañar a un soldado: no pensaba mucho, sino que dejaba vagar la mente por entre la insipidez de lo que comía, que tanto a toda su vida se parecía. Así lo llevaba: comer así, como si nada, lavar los platos de cualquier manera, sentarse a echar el ultimo pitillo del día mientras se va enfriando la casa y las ansias de ahorrar hacen apagar el candil.

A punto estaba de hacerlo o, por lo menos ya llevaba un tiempo pensando en ello cuando una sombra indefinible apareció por la pared que no debía, por la que debía, luego, por otra tercera, después, que era donde estaba el candil, y apago la vela. Aquello con susto y todo, llevo a nuestro albañil a moverse y, con esa practica que da costumbre, con solo el ligero resplandor del llar, busco cerillas y trato de encender la vela.

Cosa rara, no había manera. Lo intento mas veces, tantas como le permitio el miedo que indefectiblemente empezaba a sentir y que le erizaba el vello de la piel; el, que era tan pausado en su vida y que solo se entretenía haciendo pasar miedo a los demás ( y de que forma, bien sabia el), estaba ahora con la ultima cerilla en la mano y el escuálido resplandor del fuego como todo futuro por esa noche. Casi de pronto, como si no hubiese sido de golpe, segundos antes de que procediera a encender la postrera cerilla, algo así como una mano fría, algo frío, una textura fina, un calor frío, se poso en su cuello.

- Nada que hacer- se dijo el albañil, que entre tanto sobresalto aun guardaba la serenidad del cuentista profesional -, ni cerillas, ni velas, ni luz, que esta noche si no son los muertos los que rondan, son sus descendientes.

Con algún trastabilleo (tropezón) que otro, se acerco a la puerta y como intentado no incomodar a quien allí hubiera, corrió el pestillo, abrió ligeramente la puerta, paso al otro lado como queriendo ser mas flaco de lo que era y bendijo aquella oscuridad simple, nada ominosa, que dejaba ver las sombras de los árboles como sombras azules de un cielo negro. No corrió, pues, aunque albañil, su renombre de cuentista le había dado una cierta imagen de hombre, si bien algo de alloriau (atolondrado), cabal a ciencia cierta, y no quería que le vieran a esas horas (todavía era temprano para que la gente anduviese durmiendo) corriendo por todo el pueblo. A donde se dirigía lo decidió sobre la marcha: a ver a su amigo del alma, a que le dejara descansar en su casa, a que le ayudase a quitar de su piel aquel frío que sentía en su cuello.

Dicen los vecinos que llego a casa de su amigo, que abrió la puerta sin llamar ni decir nada, que se llego a la cocina donde cenaba su amigo, que lo miro con ojos de espanto, que quiso hablar pero no pudo y que se desmayó. Santiago, que así se llamaba su amigo, aunque ello no importe nada ahora, no sabemos si preocupado o divertido por tan súbita aparición, hizo como pudo para sacar a nuestro albañil a que le diera el aire; unas cuantas tortas y otras pocas exploraciones que había aprendido a hacer de pequeño, le bastaron para tranquilizarse y bastaron también para que se espabilara el durmiente.

Nada pudo hacer, entonces, el albañil para evitar que unas lagrimas sordas, mudas y ciegas, acabaran su camino entre todas las nuevas arrugas que esa misma noche llegaron a su rostro."

 

LA LEYENDA DE CARISSIA


Se dice que en los lagos de las tierras asturianas, a veces se ve a mujeres hermosas que peinan sus largos cabellos a la orilla del lago. Esta leyenda es sobre la Xana habitante de uno de estos lagos...

Allá por el siglo I a. C., los romanos aún no habían completado su conquista de la península. Tito Carisio era uno de los encargados de someter a celtíberos y astures en los años en que se desarrolla la historia.

Las tropas romanas, en su difícil avance (parece ser que los astures fueron rivales costosos de vencer), habían llegado a las orillas del río Narcea. Era una campaña dura, en una región que no conocían todo lo que hubieran querido, con tupidos bosques de hayas, cumbres escarpadas, torrentes... un clima al que no estaban acostumbrados y por si fuera poco, animales salvajes -osos, lobos...- que había que vigilar. Acamparon cerca de estos bosques, desde donde intentarían dirigirse al este, hacia el río Nalón, en cuyas cercanías se habían reunido los astures. La campaña empezaba a convertirse en una pequeña tortura, con la lluvia incesante y los pocos resultados.

Así las cosas y con el campamento montado, Carisio empezó a deambular por los alrededores del bosque, meditando sobre el próximo enfrentamiento... en uno de estos paseos, le pareció vislumbrar una imagen femenina entre los árboles, y al seguirla, descubrió a una bella muchacha acicalando su larga melena con un peine de oro. Vestía una túnica blanca de lino, y sus ojos eran del mismo verde intenso que el bosque que la rodeaba. Un arroyo dejaba oír la música del agua, mientras la dama canturreaba suavemente...

Carisio no pudo por menos que acercarse a ella, pero al verle, la joven se internó en el bosque. Nuestro general romano la persiguió, ya casi sin sentido, sin importarle herirse a veces con ramas, sin importarle el camino o estar alejándose cada vez más de sus hombres. Tal vez ni siquiera tuvo tiempo para preguntarse cómo era posible que esa mujer corriera tan rápido y sin hacer apenas ruido... como si no fuera totalmente material. Solo seguía el fulgor luminoso de su túnica entre unos árboles, o la estrella dorada que era su cabello al viento cuando se dejaba ver... Él la llamaba y solo obtenía el rumor de sus risas a modo de respuesta... y esto le hacía perseguirla con más fervor aún.

Finalmente llegaron a un claro del bosque en el que había un lago. Carisio vio a su muchacha en la orilla, chapoteando y bailando en las aguas, riendo y cantando (o era solo la misma risa cantarina?). Esta vez a punto estuvo de alcanzarla y abrazarla, pero ella se adentró un poco más en el lago, escapando de él. Carisio siguió tras ella, sin darse cuenta de que el agua le cubría cada vez más. La mujer seguía chapoteando, el romano avanzaba... y no tardó en perder pie, y en hundirse en las profundidades del lago, aún extendiendo sus brazos hacia la imagen que le había llevado a la muerte. Y el agua inundó sus pulmones del mismo modo que la risa de la Xana inundaba el paisaje...

Desde entonces a la Xana de estas tierras se le llama la Xana Carissia, con el mismo nombre de quien murió intentando darle alcance. Y de ella se siguen contando historias, y se la toma por una de las más peligrosas de Asturias. Así que si el lector se aventura en los bosques de esta tierra y encuentra a una hermosa mujer cepillándose el pelo junto al lago... que recuerde que las xanas son dulces y encantadoras, pero sus enamorados no suelen vivir demasiado.