Según cuentan las leyendas, la sirena era una moza muy hermosa, con un apetito desordenado, que comía continuamente pescados y mariscos. Una mañana su madre, harta de compalcerla hasta entonces de dijo:
- ¡Quiera Dios que te conviertas en pez!
Esa misma tarde, cuando la joven se bañaba en el mar, sintió como sus piernas se iban cubriendo de escamas y se convertían en una poderosa aleta.
No tardó en consolarse, sintiéndose libre, sin otra preocupación que nadar y bucear. Entonces, llena de alegría, empezó a cantar.
Y es por sus canciones, su belleza y alegría que los marinos la quieren, pues su intención no es desviarles de su rumbo sino alegrarles la ruta.

Las criaturas más semejantes en la mitología clásica  son las nereidas, ninfas de los mares, hijas de Nereo y Doris.
Su función era velar por los navegantes en sus travesías. Así hicieron con Jasón y los Argonautas, en su periplo en pos del vellocino de oro.

 Es un mito relacionado con el mar y, por tanto, de difusión limitada en gran medida a los pueblos de tradición marinera. De la antigüedad de este mito de claro carácter indoeuropeo, nos da idea de su presencia en mitologemas milenarios, como en la antigua Grecia, donde se nos presenta originalmente como de apariencia medio humana, medio de ave, que, como indica Elviro Martínez, guarda evidente relación con el viejo mito de Perséfone (la Proserpina romana) y todo el trasunto de los cultos mistéricos que se celebraban en el templo de Eleusis; con el tiempo, la sirena pasó a sustituir-sus atributos aéreos por marinos-; así, aún en la mitología griega, nos encontramos con la épica hazaña de Jasón y sus Argonautas que, en busca del vellocino de oro en La Cólquida, topan con ellas, pero Orfeo, hábilmente, canta más alto que ellas y ahoga sus melodiosos cantos, que no fueron captados por la tripulación; por fin, encontramos a las Nereidas, hijas de Nerco, que en las aventuras de Ulises descritas magistralmente por Homero en el canto épico "la Odisea", obligan al héroe de la guerra de Troya y rey de Itaca a taparse los oídos con cera y a atarse fuertemente a los mástiles del barco para no sucumbir a la tentación de arrojarse a las aguas en su busca, subyugado por sus dulces y traidores cantos.

La dualidad de este mito, como de cualquier otro que tratemos, queda claramente de manifiesto en la circunstancia de que la sirena o serena podría parecer benéfica, dado que endulza con sus melodiosos cantos el tedioso viaje oceánico, pero, a la par, aprovechándose del candor y ensimismamiento de los marinos, muestra su rostro maligno, engañándoles y haciéndoles adentrarse en el proceloso mar, donde hallarán una terrible muerte.
El mito de la Sirena/Serena, ha dejado en Asturias una huella imborrable. Una clara muestra de ello nos la ofrece la excelente sillería del Coro de la Catedral de Oviedo, desgraciadamente diezmada por incuria y abandono y, afortunadamente, recuperada parcialmente gracias al tesón de un entusiasta matrimonio norteamericano. En ella, hallamos una doble muestra confirmatoria de los asertos anteriores: en una de las iconografías, nos encontramos con la serena-ave (que tiene su parangón en el norte peninsular en las Lamiak vascas) y, en otra, con la serena-pez.

El ilustre erudito franquino Marcelino Fernández refiere que era habitual la presencia de una "serena" en el Cantábrico, enfrente de las costas de Porcía, la cual tenía una declarada inquina a sus vecinos terrestres, a los que aterrorizaba provocando enormes marejadas y galernas, causa a su vez de sangrientos naufragios y accidentes marinos, a la vez que se la oía cantar los días más nublados en las rocas de aquel maravilloso paisaje costero. De ahí procede, sin duda, el conocido cantar popular, que, con ligeras variantes, hemos escuchado de boca de nuestras gentes marineras, que dice así: "N'el medio de la mar, oín cantar la serena; válgame Dios que ben canta úa cousa tan pequena".

Preciosa y poética es la leyenda valdesana del "Gaviluetu", que tan magistralmente describió J. E. Casariego y que consiste en que una bella serena que se peinaba en el roquedo luarqués se prendó de un invasor vikingo y tuvo un hijo; repudiada luego por el amante, la serena languideció y murió de pena, quedando el niño a merced de los peligros de la mar y de los depredadores. Pero, las gaviotas se compadecieron de él y lo llevaron en raudo vuelo a la torre de la iglesia de santa Eulalia, de donde fue rescatado por el cura, que le cuidó y, cuando fue mayor, sintió la llamada de las armas y se fue a guerrear a Portugal contra los moros y allí se casó con una bella infantina lusa. La leyenda surge y se desarrolla en un escenario histórico, ya que son conocidas las andanzas de los pueblos nórdicos cuando el primer milenio concluía, bien asolando nuestro litoral, bien abriendo nuevos mercados para su floreciente comercio.

La Sirena: A estas alturas nadie desconoce que es una Sirena, este mito tiene versiones mas o menos iguales en casi todos los países, no solo Europeos sino también a nivel mundial.

La Sirena Asturiana, también es mitad mujer y mitad pez. En esta región se conservan pocos relatos de este tipo de elementales, aunque no faltan en la costa diferentes recuerdos de lo que eran estos seres. Para algunos ser trataba de seres terribles provenientes de los pueblos del mar, los había machos y hembras, y con sus cánticos provocaban terribles tempestades y espantaban a los peces. Hacia la Edad Media esta especie prolifero en demasía y ello hizo que los pueblos pescadores intentasen acabar con esa autentica plaga. Sin embargo, estas historias apenas son recordadas en los lugares donde sucedieron estas crónicas y en la actualidad se sigue recordando a la Sirena como una mujer pez, mas emparentada con la Xana de las aguas continentales que con las "gentes del Pueblo del Mar".

Podemos declarar que la mujer-pez y el hombre-pez, suponen un autentico misterio y que hay algo mas que una tradición pagano-grecorromana, aunque no tenga tanta fuerza como en Cantabria, comunidad que tiene registrado el único caso documentado de un hombre-pez.